Por el Chef Fernando Stovell
Abril siempre me ha parecido un umbral. No es del todo invierno. Aún no es verano. Es un cruce silencioso entre lo que fue y lo que está por venir. Quizá por eso me ha acompañado tan de cerca a lo largo de mi vida — porque yo también he vivido siempre entre lugares.
Inglaterra me formó.
Europa me disciplinó.
México me despertó.
Y abril es el único mes en el que los tres parecen respirar al mismo tiempo.
1. Mi abuela y el pastel que marcaba la primavera
Algunos de mis primeros recuerdos de abril no pertenecen a cocinas profesionales, sino a mi abuela. Era austriaca — precisa, elegante y silenciosamente firme. La primavera en su casa no se anunciaba con estruendo; se preparaba. Se abrían las ventanas para dejar salir el peso del invierno. Se aireaban las sábanas. Se pulía los platos. Había un ritual en la transición, como si la temporada exigiera disciplina antes de poder ser bienvenida.
Y siempre había pastel.
Un pastel de semilla de amapola — uno que ella me decía haber aprendido a hacer durante la Segunda Guerra Mundial, cuando pasó un tiempo en Polonia. Nunca hablaba demasiado de esos años, pero cuando mencionaba ese pastel, había una quietud particular en su voz.
No era indulgencia. Era memoria. Era resiliencia cruzando fronteras.
Cada primavera, casi siempre cerca de Pascua, lo preparaba con concentración serena. No era algo apresurado ni casual — era un acontecimiento. El bizcocho perfectamente uniforme, denso pero suave, generosamente salpicado de crujientes semillas de amapola. Siempre había una nota delicada de naranja en el aire — sutil, aromática, contenida. Aún puedo sentir la textura en el paladar: ligeramente amarga, profunda, equilibrada con la dulzura justa.
Y lo servía con un gran vaso de leche fría — entregada cada mañana por el lechero, que dejaba las botellas de vidrio cuidadosamente en la puerta de su casa. El suave tintinear del vidrio contra la piedra formaba parte del ritmo del hogar. Esa leche, servida generosamente junto al pastel, completaba el momento.
De niño no entendía la técnica. No comprendía lo que significaba aprender algo en tiempos de guerra, preservarlo y llevarlo consigo a través de décadas y países. Solo sabía que importaba.
Ella cortaba el pastel con precisión, lo servía sin dramatismo y se sentaba erguida a la mesa como si protegiera algo mucho más grande que un postre. Afuera comenzaban a brotar las flores. Adentro había orden, exactitud, fuerza silenciosa.
Hoy entiendo que no me estaba enseñando repostería. Me estaba enseñando disciplina. Estacionalidad. Resiliencia. Respeto. En su cocina nada era excesivo. Nada era descuidado. Incluso la indulgencia tenía estructura.
Abril, en casa de mi abuela, era elegancia contenida.
2. Inglaterra: aprender la sutileza
Más tarde, en Inglaterra, abril significó algo distinto pero igualmente formativo. Recuerdo las cocinas donde me entrené, cuando los menús de invierno empezaban a aligerarse. Los estofados pesados se retiraban. Las salsas se aclaraban. Los platos ganaban espacio. La llegada del ajo silvestre parecía anunciar que la resistencia había terminado y que la sensibilidad regresaba.
Hay algo profundamente inglés en la contención primaveral. No te abruma; te invita.
Los campos de Surrey pasaban casi imperceptiblemente del gris al verde. Los corderos aparecían como colocados a mano. La floración de los huertos tenía una fragilidad que obligaba al respeto, incluso cuando uno era joven.
En esos años yo tenía hambre — no de comida, sino de reconocimiento. Empujaba el sabor. Reducía más. Ahumaba más. Añadía capas.
Abril comenzó a enseñarme a detenerme.
3. México: color y despertar
Después México entró en mi vida por completo. El primer abril que viví en la Ciudad de México me desconcertó. Las jacarandas cayendo en mantos violetas sobre las banquetas. Los mercados vibrando con la Cuaresma. El pescado brillando sobre hielo triturado. Las verdolagas atadas como pequeños secretos verdes. La flor de calabaza temblando en canastas tejidas.
No era sutil.
Pero debajo del color estaba la misma lección que mi abuela me había inculcado en silencio: la temporada dicta el comportamiento.
Durante la Cuaresma, la carne se hace a un lado. La cocina se vuelve reflexiva. El bacalao hierve lentamente hasta que la sal y el aceite de oliva se transforman en seda. Las tortitas de camarón cargan siglos de ingenio y supervivencia. Los romeritos saben a algo anterior a la gastronomía moderna.
Y luego está el cóctel de camarón — muchas veces subestimado, pero profundamente satisfactorio cuando se trata con respeto. Camarones firmes, cocidos con delicadeza y enfriados a la perfección, bañados en una salsa equilibrada con cítricos y un toque contenido de picante. Lechuga crujiente y aguacate debajo. Un vaso frío en la mano. Simple. Preciso. Nostálgico — y absolutamente delicioso.
Contención otra vez — pero expresada de forma distinta. No pálida y porcelánica, sino vibrante y ancestral.
4. Vivir entre culturas
Ser anglo-mexicano no es un eslogan. Es una negociación constante.
La parte inglesa de mí valora el silencio, la estructura, la sobriedad. La parte mexicana valora la profundidad, la generosidad, el humo, el color.
Abril es cuando dejan de discutir.
Puedo tomar ruibarbo inglés y cocinarlo sobre brasas de mezquite. Puedo vestir ajo silvestre con aceite de pápalo. Puedo combinar hoja santa con la claridad de un caldo europeo.
No son fusiones.
Son reconciliaciones.
Y la reconciliación, he aprendido, es la forma más madura de identidad.
5. Lo que abril me ha enseñado
De joven perseguía la intensidad. Creía que el sabor debía imponerse. Creía que la técnica debía ser visible.
La edad — y abril — han suavizado esa urgencia. Ahora busco el momento exacto más que el espectáculo. El equilibrio más que la bravura. Un humo que acompañe, no que domine.
Abril me recuerda que todo es temporal. Las flores caen. Los mercados cambian. Los menús evolucionan. Las personas se mueven entre países y se transforman.
Quizá por eso me siento más honesto en este mes.
Porque yo también soy estacional. He dejado atrás versiones de mí mismo. He cambiado de clima. He aprendido que la refinación es más fuerte que el ruido.
Cuando estoy frente a la parrilla en abril, con las brasas brillando suavemente bajo el cedro o el encino, a veces pienso en mi abuela cortando aquel pastel de amapola con precisión. Pienso en los huertos ingleses comenzando a florecer. Pienso en los pétalos de jacaranda acumulándose en los accesos a los mercados de la Ciudad de México.
Tres paisajes. Un cocinero.
Abril no es mi mes más estridente. Pero puede que sea el más verdadero.
Porque en algún punto entre la flor y la brasa, entre la amapola perfumada con naranja y el humo de mezquite, encontré el ritmo que define mi cocina — y quizá también me define a mí.
Stovell's. Ciudad de México. Próximamente. Manténganse atentos.